Sarrapia

julio 6, 2008
Sarrapia

Sarrapia

Entre muchos recuerdos de infancia, tengo el de una bolsa negra de polietileno que casi no podía levantar del piso, cosa que mi papá me había encargado que hiciera para llevarla a la camioneta.

Era el año 89, creo, y estábamos en casa de mi tío Pedro Miguel, allá en Pariaguán. Mi papá había encargado a un señor frutos de sarrapia, que creo que le regaló o le vendió “por lo que usted me quiera dar”. La idea de mi papá era la de sembrarlos en un espacio que había sido recuperado de la contaminación para hacer un bosque que protegiese el suelo.

Mientras mi papá se tomaba un café, yo cumplía con el encargo, levantando unos pocos centímetros y balanceando la bolsa hacia adelante, en una especie de lanzamiento de martillo que no me daba muy buen resultado. El hecho es que al rozar el suelo, la bolsa se rasgó, y percibí un aroma que no conocía, el de un fruto con un aroma penetrante, para mí similar en algo al moriche, pero con un aroma decididamente más perfumado.

De ese encuentro con la sarrapia han pasado muchos años. Hace poco la he vuelto a ver, motivado por las experiencias de la UNEY, escritas en un blog de cuyo nombre no quiero acordarme, o narradas por los participantes de un taller de cocina pariana en el que la sarrapia inundó con su aroma la cocina. Pues bien, recurrí a quien me presentó el fruto: llamé a mi papá y le pedí que me mandara unas sarrapias para tenerlas en mis manos y empezar a experimentar. Me mandó cuatro, pequeñas y fragantes, que llevé al laboratorio de la universidad.

Le mostré a profesores y alumnos los frutos. En realidad, nadie con¢ocía la sarrapia. En la oficina de Jorge Alarcón en Guama hay un pequeño libro que me sirvió para redondear la idea: Los Árboles de Venezuela, de Jesús Hoyos. En la página 192 encontré una descripción del árbol, así como de sus usos, que me hicieron pensar en por qué ese aroma que no era tan penetrante pudiese ser objeto de una explotación importante, como la que describe Gallegos en Canaima, aunada a la del caucho.

En el laboratorio me acompañaron dos alumnas, Jessica y Vanessa, quienes me ayudaron a retirar la piel del fruto y separar la pulpa de la semilla bajo el chorro de agua. Esto lo hice gracias a Israel Jiménez, quien me comentó que en sus días de infancia comía sarrapia que tumbaba de los árboles a pedradas (al mejor estilo de Teodoro Guillén), y luego lavaba las pepas en su casa hasta obtener una pepa con vellitos blancos que se usaba como un llavero. Hace poco mi padre me confirmó este uso, en su natal Pariaguán también se hacían los llaveros de sarrapia, coloreados con merthiolate. También nuestro apreciado Chicho la reconoció al instante y soportó la historia del uso como accesorio.

Luego de tener las esponjosas pepas limpias procedí a abrirlas, labor que nos ocupó un tiempo importante, ya que la cápsula que recubre a la almendra es muy dura, llegando inclusive a amellar mi navaja de bolsillo, a la que no se le han resistido muchos huesos de pescado. La solución me vino del entorno: al lado de la universidad corre una quebrada, donde obtuve una piedra de río con la que machaqué, no sin esfuerzo, las pepas de sarrapia.

El aroma que invadió todo el laboratorio me lo explicó todo, el interés de Gallegos y su mención a la riqueza fácil de la sarrapia, el aroma de los tabacos que atraen inconscientemente incluso a un no fumador y alérgico como yo, la emocionada descripción de quienes la conocieron en la cocina de Salsipuedes. Jessica y Vanessa comparten conmigo ese momento de descubrimiento mágico del tesoro que encierra la curiosa fruta. El aroma que presenta la almendra fresca es muy penetrante y volátil, pero luego de ponerlas en el horno a 100 ºC por unos 15 minutos se transformó en el aroma dulce y maravilloso que buscaban los cazafortunas en la selva guayanesa.

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Inicio de clases

abril 23, 2007

Hoy empieza un nuevo período académico, espero que lleno de energías y buena disposición.

A los que se registran recientemente en el blog, bienvenidos y les deseo que mantengan el ánimo de hoy durante todo el año.

Suerte.