Ensayo… y error.

julio 18, 2008

Hace poco les he encargado un ensayo sobre las filosofías de la calidad. Creo que, o bien no se comprendió la idea de la asignación; ó la premura en la elaboración de la misma condujo a algunos de ustedes a un error.

Primero que nada, debemos recordar que un ensayo es un ejercicio literario, vale decir entonces que hay que escribir. No tipear, ni copiar, que son herramientas para la escritura; si no meditar sobre el tema y darle forma sobre el papel (o sobre los píxeles, como ustedes prefieran). Ortega y Gasset ha llamado al ensayo “la ciencia sin la prueba explícita”, aludiendo a que al razonar sobre algo estamos a la vez creando conocimiento, apoyándonos en el saber que nos ha sido otorgado por otros.

Los documentos que recibí, en su mayoría, no pasan de la relación de los personajes y sus obras; algo práctico para una ficha bibliográfica, pero no para un análisis crítico de un asunto. No digo que la información sea incorrecta, pero no la han manejado de acuerdo a lo establecido en la clase. Les sugerí que emplearan un caso donde se aplicase cada filosofía o postulado de calidad, como una forma de facilitar su comprensión y expresión del tema, sólo unos pocos lo hicieron así.

Espero que lean este mensaje, de cualquier forma lo discutiré con ustedes el día lunes. Feliz fin de semana.


Seminario

julio 17, 2008

El viernes 18 de julio no habrá clases, debido a que las actividades en la UNEY han sido limitadas a las evaluativas que hayan sido programadas. COntinuaremos el próximo viernes.

Que descansen.


Nuevas normas internacionales del Codex Alimentarius

julio 17, 2008

En el enlace abajo, la noticia en su fuente original.

http://www.consumaseguridad.com/ciencia-y-tecnologia/2008/07/16/178508.php


Sarrapia

julio 6, 2008
Sarrapia

Sarrapia

Entre muchos recuerdos de infancia, tengo el de una bolsa negra de polietileno que casi no podía levantar del piso, cosa que mi papá me había encargado que hiciera para llevarla a la camioneta.

Era el año 89, creo, y estábamos en casa de mi tío Pedro Miguel, allá en Pariaguán. Mi papá había encargado a un señor frutos de sarrapia, que creo que le regaló o le vendió “por lo que usted me quiera dar”. La idea de mi papá era la de sembrarlos en un espacio que había sido recuperado de la contaminación para hacer un bosque que protegiese el suelo.

Mientras mi papá se tomaba un café, yo cumplía con el encargo, levantando unos pocos centímetros y balanceando la bolsa hacia adelante, en una especie de lanzamiento de martillo que no me daba muy buen resultado. El hecho es que al rozar el suelo, la bolsa se rasgó, y percibí un aroma que no conocía, el de un fruto con un aroma penetrante, para mí similar en algo al moriche, pero con un aroma decididamente más perfumado.

De ese encuentro con la sarrapia han pasado muchos años. Hace poco la he vuelto a ver, motivado por las experiencias de la UNEY, escritas en un blog de cuyo nombre no quiero acordarme, o narradas por los participantes de un taller de cocina pariana en el que la sarrapia inundó con su aroma la cocina. Pues bien, recurrí a quien me presentó el fruto: llamé a mi papá y le pedí que me mandara unas sarrapias para tenerlas en mis manos y empezar a experimentar. Me mandó cuatro, pequeñas y fragantes, que llevé al laboratorio de la universidad.

Le mostré a profesores y alumnos los frutos. En realidad, nadie con¢ocía la sarrapia. En la oficina de Jorge Alarcón en Guama hay un pequeño libro que me sirvió para redondear la idea: Los Árboles de Venezuela, de Jesús Hoyos. En la página 192 encontré una descripción del árbol, así como de sus usos, que me hicieron pensar en por qué ese aroma que no era tan penetrante pudiese ser objeto de una explotación importante, como la que describe Gallegos en Canaima, aunada a la del caucho.

En el laboratorio me acompañaron dos alumnas, Jessica y Vanessa, quienes me ayudaron a retirar la piel del fruto y separar la pulpa de la semilla bajo el chorro de agua. Esto lo hice gracias a Israel Jiménez, quien me comentó que en sus días de infancia comía sarrapia que tumbaba de los árboles a pedradas (al mejor estilo de Teodoro Guillén), y luego lavaba las pepas en su casa hasta obtener una pepa con vellitos blancos que se usaba como un llavero. Hace poco mi padre me confirmó este uso, en su natal Pariaguán también se hacían los llaveros de sarrapia, coloreados con merthiolate. También nuestro apreciado Chicho la reconoció al instante y soportó la historia del uso como accesorio.

Luego de tener las esponjosas pepas limpias procedí a abrirlas, labor que nos ocupó un tiempo importante, ya que la cápsula que recubre a la almendra es muy dura, llegando inclusive a amellar mi navaja de bolsillo, a la que no se le han resistido muchos huesos de pescado. La solución me vino del entorno: al lado de la universidad corre una quebrada, donde obtuve una piedra de río con la que machaqué, no sin esfuerzo, las pepas de sarrapia.

El aroma que invadió todo el laboratorio me lo explicó todo, el interés de Gallegos y su mención a la riqueza fácil de la sarrapia, el aroma de los tabacos que atraen inconscientemente incluso a un no fumador y alérgico como yo, la emocionada descripción de quienes la conocieron en la cocina de Salsipuedes. Jessica y Vanessa comparten conmigo ese momento de descubrimiento mágico del tesoro que encierra la curiosa fruta. El aroma que presenta la almendra fresca es muy penetrante y volátil, pero luego de ponerlas en el horno a 100 ºC por unos 15 minutos se transformó en el aroma dulce y maravilloso que buscaban los cazafortunas en la selva guayanesa.


Cosmogonías

julio 1, 2008

El origen es una de las búsquedas comunes de todas las culturas. Hasta nuestra “cultura científica” moderna ha creado su propia versión de la historia, insatisfecha con las que le habían sido prodigadas.

Que si hombres de maíz, de barro, que si unos seres omnipotentes que nos colocaron en su jardín a ver que tal… Nada de esto satisfizo a la ciencia, que empezó (según ella, tan inocente) de cero, sin darse cuenta de que las formas en que se dicen las cosas no son la cosa en sí.

La creación como acto instantáneo sólo es una metáfora de nuestra muy miope perspectiva temporal, no es para tomársela al pie de la letra. El diluvio y otros cataclismos tal vez no acabaron con la vida sobre la tierra, pero hay que ver lo pequeño que podía ser el mundo cuando el hombre andaba en pañales.

Y algunas religiones (concretamente la de Fray Torquemada) hicieron lo propio: ¿Cómo que la Tierra, excelsa creación del Todopoderoso (oooo ooo ooo oh, diría Gieco), gira alrededor del sol? Cárcel al hereje hasta que abjure de su idea… aunque sea un poco. ¿Que el hombre desciende de los monos? Vaya usted a ver si su abuelo o abuela fueron monos. ¿Y cómo podrían existir dinosaurios antes que el hombre? La creación fue una sola, el carbono 14 miente (pero por favor, examine este sudario para demostrar su autenticidad… con carbono 14).

La pelea continúa y aparentemente durará varios rounds. En esta lucha por ver quien pega más duro y más bajo, debemos poner todas las piezas del rompecabezas en la mesa y determinar por qué encajan, no buscar la trampa en las piezas. (El tono de este mensaje no es apto para fósiles) 😉

Ahora, en serio. La signación de la siguiente clase (11 de julio) es escribir ANTES de la clase un comentario en esta entrada, donde se comparen algunas cosmogonías relativas al origen del universo, la tierra y/o el hombre. La idea está en hacer un texto corto, de unas diez líneas, donde se aprecie su interpretación de estas teorías.

En la biblioteca de la UNEY en el CIEPE estará a partir del martes 1 de julio un DVD que pueden solicitar al personal para verlo en el equipo de la biblioteca (recomiendo llevar audífonos para no molestar ni ser molestado), el DVD contiene 2 episodios de un documental llamado Hiperespacio, del cual se proyectó en clase el capítulo 1: La Vida.

Recuerden que el 11 de julio espero también su esbozo sobre el tema de investigación que desean desarrollar en el seminario. Hasta pronto.